Un divorcio puede causar dos pobres

El amor es fantástico. Es una fuente de energía para hacer cualquier cosa. Nos mantiene motivados para ir a trabajar, emprender proyectos e incluso para superar cualquier obstáculo. Pero, ¿qué pasa cuando se acaba y se transforma en odio y rencor?

Estoy hablando del divorcio como función instrumental. Cuando no se usa para poner fin a la relación sentimental, sino, como una fuente económica. Se empieza una guerra por las posesiones materiales. Tanto lo tuyo, como lo mío, me pertenecen. Tú no tienes derecho a nada y voy a hacer todo lo posible para que así sea.

Debido a estos sentimientos autodestructivos, la factura final del divorcio se incrementa considerablemente. Se añaden los servicios de los abogados, notarios, psicólogos, detectives privados, etc. Dando como resultado, muchas veces una situación financiera jamás imaginada por la pareja. Sobre todo si tienen hijos menores de edad. Se lucha por su custodia en los juzgados. Se ha pasado del amor al odio y de la amistad a la indiferencia. Lo que en un principio era una relación basada en el amor y el respeto, ha pasado a ser una relación de odio y de interés económico.

A nivel financiero, los gastos se multiplican porque cada uno tiene  su propia vivienda. No es lo mismo pagar un alquiler de 750€ entre dos, que hacerlo individualmente. Igualmente para el gasto de luz, la cuota de internet, del teléfono, etc. Tampoco será suficiente disponer de un vehículo, ahora tienen que tener cada uno el suyo propio. Con sus respectivos costos de mantenimiento y además, cualquier bonificación familiar se pierde. Por lo menos para quien se queda sin la custodia de los hijos. La gestión del dinero y del tiempo se convierte en una fuente de estrés. La persona tiene que encargarse del hogar. Limpiar la vivienda, pagar las facturas, hacer las compras, pasar tiempo con sus hijos. Los quiere llevar al parque, a clases de repaso, a practicar actividades extraescolares, etc. Además, tiene que encontrar tiempo para ella misma. Para no aislarse de su entorno. De sus amistades y familiares. Un factor de suma importancia porque no hay que olvidar que los hijos crecen y abandonan el hogar. Van pasando los días, las semanas, los años y si la persona se descuida física o mentalmente, tiene muchas probabilidades de no poder gestionar el estrés mencionado anteriormente. Cuando no hay ocio, no hay forma de que la mente pueda evadirse y deje por un momento las obligaciones de lado.

Esto que acabo de explicar es la gestión del tiempo. Entre dos es bastante sencillo de coordinar. Tanto la agenda diaria como la semanal pero, individualmente es otra cosa. No planificar las tareas, conduce a desbordar la agenda y esto se traduce en frustración y desesperación. No hay tiempo para nada. Te levantas para ir a trabajar y cuando es la hora de acostarte, te das cuenta de que no has hecho nada de provecho. Solo correr de un lado para otro y así toda la semana.

Otro escenario posible es cuando la pareja tiene una hipoteca conjunta. En este segundo caso, la situación se agrava todavía más. Principalmente para quien tiene que abandonar el domicilio familiar porque, aparte de pagar un alquiler tiene que contribuir en la hipoteca y los gastos generados por su mantenimiento. La comunidad de vecinos e impuestos. Luego, otro factor añadido son las pensiones. Tanto la de manutención de los hijos como a veces, la de compensación a la pareja. Aquí salen perjudicados ambos conyugues. Principalmente quien tiene que abonarlas y si no se hace cargo de la obligación, el perjudicado es el otro miembro. La persona se encuentra con el mismo ingreso económico pero, con el doble de gastos.

En resumidas cuentas, si ambos miembros no ganan más de 2.000€ cada uno, su vida dará un giro hacia la precariedad económica. Entra en la espiral de contar hasta el último céntimo antes de gastar. Para poder llegar a fin de mes. Se acabaron los gastos superfluos. Se compra lo necesario para sobrevivir. A estos gastos se le añaden tener que amueblar la vivienda al confort de los hijos. Para cuando estén en ella, se encuentren cómodos. Pues lo más común es que pasen ciertos días en casa de cada progenitor. De la noche a la mañana, han pasado de vivir con ambos a hacerlo con sólo uno de ellos a la vez. Es aquí cuando los progenitores tienen que hacer de psicólogos e intentar que los hijos entiendan la situación y se adapten lo mejor posible.

Luego, respecto a la educación ejercida por parte de los progenitores, no es lo mismo educar a un hijo entre los dos, que hacerlo por separado. Hay que gestionar los momentos agradables con los conflictivos. Saber imponer el orden y al mismo tiempo reforzar las conductas acertadas. En definitiva, saber alternar ser el policía bueno con ser el policía malo. Muchas veces, aún teniendo esta parte bajo control, se añade el factor laboral. La persona tiene los ingresos suficientes pero no el tiempo necesario para cuidar a su hijo. Entonces, se plantea la posibilidad de modificar su horario laboral e incluso de cambiar de trabajo. Muchas veces, esto se traduce en pérdida económica pero, aún así se gana lo suficiente para cubrir los gastos. Es una elección que se hace. Ganar menos dinero para tener más tiempo libre. Para mejorar la calidad de la relación con los hijos. Las prioridades han cambiado. La vida de la persona separada tiene que adaptarse a la de los hijos. El divorcio mal intencionado es como un huracán. Arrasa con tu vida, te desestabiliza por completo y puede llevarte a la ruina.

Por: Omar el Bachiri

Psicólogo clínico y escritor

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