
Infantilizar a los adolescentes con la sobreprotección
Dic 20, 2025
La sobreprotección es un comportamiento que induce a la parte sobreprotegida al conformismo, a no querer esforzarse en conseguir sus objetivos personales porque igualmente, los acaba obteniendo. Igualmente, nadie duda de las buenas intenciones de los padres a la hora de proteger a sus hijos, pero, en cambio, demasiada protección es contraproducente porque limita la capacidad cognitiva. Cierto que durante la infancia no tendrá ninguna consecuencia negativa, pero una vez el hijo llega a la adolescencia la historia cambia sustancialmente, porque tiene que interactuar con más adolescentes, pero lamentablemente, él todavía está infantilizado. No ha desarrollado las capacidades para interactuar con la gente de su misma edad.
Se ha visto limitado cognitivamente y no ha aprendido a gestionar sus emociones, ni a entender los sentimientos que provocan y esto, se traduce en adolescentes con baja tolerancia a la frustración dado que, no conocen el fracaso. Las emociones que conlleva equivocarse, sentirse avergonzados, engañados o despreciados por los demás, es decir, no saben cómo afrontar las emociones y, por lo tanto, tampoco a interpretar los sentimientos surgidos. Entonces, lo harán de dos maneras diferentes, siendo sumisos o agresivos: nunca dirán no por miedo a ser juzgado por los demás o, en cambio, utilizarán la agresión para imponer sus ideas. Así pues, la realidad es que hay dos versiones diferentes del resultado final: podemos encontrarnos con adolescentes miedosos, indefensos o, por el contrario, con adolescentes prepotentes y narcisistas, pero, aun así, los dos comparten el mismo malestar mental.
En consecuencia, la misma actuación por parte de los padres influye de una forma o de otra en los hijos. Los convierte en adultos frustrados y con nula capacidad de gestión emocional porque pasarán de la alegría a la tristeza o la rabia en cuestión de segundos igual que lo hace un niño de cinco años cuando no consigue lo que desea (llora y tiene berrinches). En conclusión, tenemos que permitir que el niño se adapte a su entorno y para conseguirlo, tiene que cometer errores y esto incluye frustrarse, un sentimiento que los adultos sabemos que finalmente, tampoco es tan malo porque nos motiva a continuar luchando por nuestros objetivos. Hemos aprendido que a base de intentarlo, muchas veces lo conseguimos y cuando no es el caso, lo aceptamos y anímicamente, el malestar desaparece porque somos conscientes del esfuerzo invertido.
Así es que la adaptación a nuestro entorno social es fundamental para mantenerse alejados de los trastornos mentales, como por ejemplo: la ansiedad, el estado depresivo o las conductas antisociales. Estados anímicos que dificultan nuestro día a día, por lo tanto, en el momento de proteger a los hijos hay que evitar entrometerse en su autonomía. Como por ejemplo, los padres que van a la escuela a enfrentarse con el profesorado por las malas notas de sus hijos, en vez de razonar con ellos qué ha pasado. Se quitan la responsabilidad de encima, por qué están convencidos de que la culpa es de la escuela o por lo menos, que no es suya.
Por: Omar el Bachiri
Psicólogo clínico


